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Aproximaciones al concepto de conciencia: Conciencia Fiscal y Conciencia Ecológica

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Las autoras analizan la evolución del término conciencia a través de la historia de la Psicología y su aparición en otros campos del saber como la Economía, la Geografía y la Ecología, poniendo de relieve la relación de los sistemas de creencia que forman parte de la conciencia personal, con los sistemas de valores sociales, morales y éticos que configuran la conciencia fiscal y la ecológica.
Las primeras investigaciones sobre moral fiscal comienzan a realizarse en el seno de la Escuela de Psicología Fiscal de Colonia en los años 60, gracias a uno de sus máximos exponentes, Schmölders (1960) quien analizó la moral fiscal de los trabajadores autónomos, destacando en sus conclusiones, la menor moral fiscal de éstos frente a los trabajadores por cuenta ajena. Desde ese momento, la moral fiscal expresada por los trabajadores, se tomó como una medida directa de la conciencia fiscal.

Abstract:
In the present paper autors analysing the development of conscioussness term across the history of Psychology and it appearance in other scientifical branches like Economy and Ecology. Putting the attention in the relation between beliefs systems wich take part into personal conscioussness and moral and ethics systems, that shape fiscal conscioussness and ecological conscioussness
In the 60th, in the Fiscal School of Psychology of Colony were made the first investigations on fiscal moral by one of their maximum exponents, Professor Schmölders (1960). He analyzed the fiscal moral of the independent workers opposite to employees, pointing in his conclusions out the lower fiscal moral of the independent workers. Since the fiscal moral was expressed by the workers, it has been taken like a direct measurement of the fiscal conscience.

Palabras Clave: Conciencia, Conciencia Fiscal, Conciencia Ecológica, Sistemas de Creencias, Moral

Keywords: Concioussness, Fiscal Conscioussness, Ecological Conscioussness, Beliefs system, Moral

Introducción.

Como señala Álvarez Munárriz (2005) el término conciencia es polisémico y ambigüo, según el campo del saber y la finalidad que nos propongamos. En Psicología diferenciamos entre conciencia como saber de sí – objeto de estudio de la Psicología científica del XIX- y consciencia como valoración de nuestros actos, siendo este último concepto valorativo, el que está presente cuando enjuiciamos lo que hacemos- según normas internas, dictadas por nuestra conciencia- y que son definidas como conocimiento inmediato e intuitivo; normas que nos aclaran lo correcto o incorrecto de nuestras acciones, y que constituyen nuestras creencias (Ortega, 1940).

A su vez, la capacidad de actuar siguiendo nuestras creencias, nos permite diferenciar entre la moral -derivada de nuestro comportamiento y de sus consecuencias- y la ética, que abarcaría tanto la moral como las obligaciones humanas (Martínez, 2006). Finalmente, la conciencia individual, psicológica, incluiría la reflexividad acerca de los comportamientos y las obligaciones morales, que a su vez incluyen aspectos emocionales de la conciencia, el medioambiente y la cultura. Cada uno de esos contenidos de conciencia nos remiten a diversos estados, que a su vez van referidos a actividades mentales que son conscientes: como querer, sentir, creer… Plotino, Séneca, San Agustín, ó Descartes, enfatizaron sus distintas acepciones: la conciencia es un saber moral, sirve para captar lo bueno, para estar en el mundo, para percibir de manera clara y distinta etc. La conciencia en fín, constituye lo más intrínseco de nuestra experiencia (Munárriz, 2005).

Respecto al origen, contenidos y  estructura de la conciencia, los estudiosos no se ponen de acuerdo: desde el punto de vista evolutivo, algunos creen que la rigidez en los procesos y las limitaciones en sus contenidos es lo que hace posible que aparezca la conciencia. Una entidad de este tipo, se mantiene en todos los individuos de su clase cuando se demuestra la permanencia de su estructura y la repetición de sus actividades que permite actuar a los sistemas de comunicación y representación que serían los mecanismos presentes en la asunción de creencias y valores sociales. Para otros en cambio, si bien se deben dar rigidez en los procesos y las estructuras, los contenidos deben ser flexibles. Así en la infancia, la mente filogenéticamente evolucionada aunque vacía, nos permite una gran flexibilidad adaptativa, y nos deja llegar más allá de lo que permitiría la estructura genética heredada.De la misma manera, defienden que los procesos conscientes y la mediación cultural, abren nuevos mundos de representación a la conciencia, más allá de sus contenidos iniciales (Pozo, 2000).

Según sea la postura adoptada, se puede delimitar la trayectoria del término conciencia a través de la historia del pensamiento, pues a lo largo de dicha historia, el concepto de conciencia ha sufrido modificaciones dependiendo de los diferentes puntos de vista utilizados. Las primeras indagaciones sobre la conciencia fueron llevadas a cabo dentro de la filosofía. La propuesta de Descartes de relacionar la excitación y la reacción da origen a una psicología que desembocará con Fechner en los métodos psicofísicos del siglo XIX, gracias a los trabajos de Helmholtz (Merani, 1968). Sin embargo, la conciencia sigue siendo percibida como lo central psicológico, y encarada con métodos introspectivos por el primer Willians James y por Brentano y Husserl.

Esta visión de la conciencia se presenta con un cierto carácter unitario, en cuanto a los contenidos y la estructura de los procesos conscientes. Poco a poco, se fue configurando otra vertiente psicológica, que aspiraba a lograr un análisis más pormenorizado de la actividad consciente, lo que le lleva a interesarse por sus funciones. Así que una vez materializada la separación de la Filosofía, la Psicología de la Conciencia se ocupó de estudiar el contenido de las representaciones, sus funciones y el papel de la mediación cultural.

El punto de inflexión del cambio entre una y otra tendencia no es fácil de establecer. A partir de los trabajos de Wundt en Leipzig, los psicólogos se ocuparon de la capacidad reflexiva de la conciencia, más tarde se realizaron análisis descriptivos de su actividad consciente y finalmente, estudiaron de manera experimental sus contenidos.

En estos modelos, la conciencia es considerada bien como un intérprete de los datos generados por los módulos especializados de procesamiento- proporcionando una interpretación global e integradora- o como un efecto colateral de la actividad inconsciente que sólo se añade a la dimensión subjetiva como un subproducto de la atención. Esto conlleva la consideración de otros aspectos relacionados que aumenta la complejidad de la conciencia: los niveles relativos al sistema de alerta, que se manifiestan en la vigilia o el sueño; los contenidos "intencionales" de nuestra conciencia -aquello por lo que estamos ciertos de en qué nos ocupamos- nuestra experiencia de que además estamos coloreando de sentimientos lo que vivimos y finalmente, la unidad que conferimos a nuestra corriente de pensamiento, y que nos permite "captar la percepción interna" en el más puro sentido funcionalista.

En cuanto a representación, la conciencia es la experiencia subjetiva, individual, que una persona tiene de algún fenómeno. Los seres humanos tenemos en principio el mismo sistema cognitivo. Con esto afirmamos no sólo que la conciencia tiene una función adaptativa, sino que el propio sistema consciente es un producto de esa misma adaptación. Esta función adaptativa implica reconocer que la conciencia es en sí misma, el producto de la presión selectiva del mundo sobre nuestro sistema cognitivo. Pero si además la conciencia es lo que vivimos, sentimos y somos, la cuestión más importante que se nos plantea es cómo la conciencia se relaciona con el cuerpo y el cerebro que le sirven de soporte.

Según los contenidos, la conciencia es siempre conciencia de algo. Por ello lo más característico de la mente es que actúa. Los actos mentales se dirigen a contenidos, pero el acto es mucho más importante que el contenido. Así para Brentano y Husserl la intencionalidad es el criterio de mente que hay que utilizar: los estados mentales, los actos, poseen intencionalidad, se dirigen siempre hacia, o representan algo. Esta separación entre la mente y el cerebro a través de la intencionalidad como criterio de lo mental se ha convertido en un serio desafío no sólo para el objetivo que defiende la ciencia cognitiva, de crear inteligencia en un ordenador, sino también para delimitar las funciones cerebrales en la aparición de la conciencia, por ejemplo, explicar la existencia de neuronas espejo responsables de la empatía, la capacidad de cooperar y asociarse  con otros, y la búsqueda del bien común que fundamentarían – en unión de factores geográficos y culturales-  la conciencia fiscal ó la ecológica (Dawkins, 1976 ; Varela, 1999).

Así, los estados mentales, incluso aquellos puramente cognitivos, son intencionales, tienen una dirección y un propósito, por eso la intencionalidad separa a la mente del cerebro, ya que cómo dijimos, únicamente los estados mentales son intencionales. Y cuando mencionamos la  intencionalidad, tambien nos referimos a la valoración –social ó cultural- de sus contenidos, y a la evaluación individual de nuestros actos (Damasio, 2003).

Todos los aspectos mencionados, desde la percepción de nosotros mismos como entidades individuales, la relación con la base biológica de nuestra mente, nuestra valoración de lo que hacemos en función de normas y creencias morales, nuestro arraigo en ambientes humanos y geográficos y nuestra capacidad para cooperar y buscar el bien común, están presentes en la conciencia económica y fiscal, y ecológica, donde se vinculan lo mental y físico y  se entra en la esfera de lo moral y social

La conciencia fiscal.

La conciencia fiscal, pone de relieve otras características sobre la conciencia: a efectos prácticos, conciencia se refiere a lo que nos indica que cosas ó acciones estan bien ó mal. Estas valoraciones permiten al individuo percibirse a sí mismo como alguien capaz de modificar su entorno o por el contrario, como sujeto a condiciones que no controla. Como señalamos, el término conciencia, hace referencia al conocimiento que el ser humano posee sobre sí mismo, sobre su existencia y su relación con el mundo. Un mundo socializado en el que todos tienen derechos y deberes, en función de su relación con sus semejantes. Y lo que entendemos por conciencia fiscal es la concreción de una de esas relaciones: la que tiene por objeto que los ciudadanos contribuyan a sufragar el gasto público, según su capacidad contributiva y en un sistema regido por los principios de igualdad, generalidad, progresividad y no confiscatoriedad.

Según el legislador constitucional, éstos son los valores que han de conformar el principio de justicia tributaria, material en el diseño de la norma, formal en su aplicación. El valor de la justicia es el valor más alto de la ética jurídica y, en particular, de la ética fiscal, valor principal, por tanto en la configuración de la conciencia fiscal. Y éste ha estar presente tanto en las actuaciones de los administrados, como en las del legislador, las Administraciones tributarias y el poder judicial. La construcción de una adecuada conciencia fiscal colectiva no podrá realizarse si los valores éticos no están presentes en cada uno de estos órdenes.

En adecuada lógica con lo anterior, los contribuyentes demandan del Estado que grave equitativamente a los ciudadanos y que gaste con eficacia lo recaudado. De la relación entre esos dos supuestos, equidad en la contribución y eficacia en el gasto, surge la confianza del contribuyente que será el fundamento de la conciencia fiscal. Fue en Colonia, en la década de los sesenta cuando Schmölders, comienza a investigar sobre la moral fiscal de los trabajadores autónomos, constatando la diferencia entre la moral fiscal de los trabajadores por cuenta propia frente a los trabajadores por cuenta ajena. A partir de ahí, la moral fiscal tal como la exponían los trabajadores, representó una medida directa de la conciencia fiscal.

Análisis comparativos sobre la moral fiscal de distintos países europeos se vienen realizando desde estas fechas, destacando los estudios de Strümpel (1969) quien encontró que la moral fiscal en Alemania era comparativamente más baja que en Inglaterra, y situándo entre los factores explicativos de estas diferencias, las técnicas de control de la Administración para el cumplimiento en el pago de los impuestos, que al ser más severas en Alemania, demostraron tener una influencia negativa entre los contribuyentes y afectando de esta manera a su moral fiscal. Entre los autores que de forma más reciente estudian en detalle la moral fiscal, podemos destacar a Kirchler y Torgler.

Feld y Tyran (2002) analizan las relaciones de intercambio entre contribuyente y gobierno, y la percepción de justicia o injusticia en la forma en la que el gobierno trata a los contribuyentes. La hipótesis manejada es que una mayor confianza del gobierno en los contribuyentes supone mayor confianza de éstos en el mismo. La mayoría de las investigaciones en este campo se centran en identificar cuales son los factores que afectan a la moral fiscal. Otro importante aspecto a tratar lo presentan los factores culturales. Alm y Torgler (2005), publican trabajos en los que detallan las variables que afectan a la percepción de justicia, la confianza en las instituciones del gobierno, la naturaleza del intercambio fiscal entre gobierno y contribuyentes y una serie de características individuales. En estas investigaciones los perfiles individuales correlacionan con las diferentes formas de entender el papel del Estado en las relaciones con los contribuyentes y las diferentes maneras de intermediación entre instancia tributarias y ciudadanos. El análisis lo realizan comparando distintos países europeos con Estados Unidos, y centran sus explicaciones en las diferencias encontradas en la moral fiscal respecto a las distintas culturas existentes entre Europa y EEUU. Estos autores señalan una mayor moral fiscal en los países del Norte de Europa que en los países románicos (Francia, Italia, España) tal como otros autores habían puesto de manifiesto anteriormente. Frey y Weck-Hannemann (1984) desarrollaron un índice de “inmoralidad fiscal” (tax immorality index), y encontraron índices superiores en Francia, Italia y España en comparación con otros países europeos.

Respecto al tipo de Gobierno, y la influencia del contribuyente en las actuaciones gubernamentales, los sociólogos creen que la percepción de los impuestos y de los gastos públicos está influida directamente por la evaluación que los ciudadanos hacen de la forma en que el estado gestiona el presupuesto público. Sin embargo, la percepción de la confianza en las instituciones políticas y la satisfacción con el funcionamiento de las mismas, sirve como heurístico para valorar la política fiscal. Y la percepción y la confianza son dos conceptos psicológicos que pueden ser inferidos a partir del rendimiento que el individuo atribuye a las Administraciones Públicas, y al cambio objetivo- evaluado de manera positiva o negativa- de las condiciones económicas.

Pommerehne y Weck-Hannemann (1996) encuentran que la evasión fiscal es más baja en aquéllos paises con un mayor grado de control político directo; ellos utilizaron series temporales transversales, con datos de encuestas realizadas en los Cantones de Suiza. Torgler (2003) también trabajó con los datos de las encuestas realizadas en estos Cantones, y también detectaron que una mayor democracia directa (los contribuyentes votan en temas fiscales) conlleva una moral fiscal mayor. Alm, McClelland, y Schulze (1999) y Feld y Tyran (2002) utilizan métodos experimentales y muestran que las votaciones sobre temas fiscales tienen un positivo efecto en el cumplimiento fiscal.

En uno de los trabajos más recientes Frey y Torgler (2006) examinan el impacto de la cooperación condicional del contribuyente en la moral fiscal, es decir, tratan de determinar la influencia en la moral fiscal del contribuyente de la conducta de otros contribuyentes. Utilizan las series de datos procedentes de las encuestas: European Values Survey, con datos de 30 países de Europa oriental y occidental. En el análisis multivariante utilizado por estos autores introducen un vector de variables individuales, tales como variables demográficas, económicas y religiosas. Este trabajo demuestra que la fiscalidad es un acto social y la cooperación condicionada es un importante factor. Los resultados demuestran además que otros factores muy diversos que tienen una gran influencia en la moral fiscal: por ejemplo, la calidad de las instituciones políticas, la estabilidad política, la efectividad del gobierno, el control de la corrupción etc.

En varios países se han realizado estudios con encuestas específicas, completadas con experimentos de laboratorio (lab experiments). Frey y Meier (2004) realizaron experimentos con estudiantes de la Universidad de Zurich sobre la influencia de la cooperación condicionada, y llegaron a la conclusión que la cooperación es mayor cuanto mayor es el grado de cooperación que se espera de los demás. Otros estudios (Heldt, 2005, Shang y Croson, 2005) con grupos distintos de estudiantes, llegan a conclusiones similares. Por su parte los trabajos de Lewis (1982), y Torgler (2002), demuestran que una alta moral fiscal ayuda a explicar un alto grado de cumplimiento fiscal.

En España, Martínez-Vázquez y Torgler (2005) utilizan los datos de las encuestas World Values Survey y European Values Survey realizadas en los años 1981-2000. Entre las variables que incluyen en su análisis, tenemos las de capital social (confianza en el parlamento, religiosidad y orgullo ciudadano) y las socioeconómicas. Sus resultados muestran una mayor moral fiscal de las mujeres, las personas de más edad y los miembros de las clases sociales más desfavorecidas.

Prieto, Sanzo y Suárez Pandiello (2006) analizan los determinantes de la actitud de los españoles ante el fraude desde una doble vertiente. Por un lado, se estudia la permisividad social frente a la ocultación de rentas para reducir la carga tributaria soportada, y por otro, se investigan los factores de los que depende la actitud fraudulenta encaminada a disfrutar de beneficios sociales y/o fiscales a los que no se tendría derecho. Utilizan la base de datos del segundo estudio sobre “Religión”, inscrita en el Programa Internacional de Ciencias Sociales (Internacional Social Sciences Programme; ISSP), los datos españoles fueron recogidos y elaborados por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). Estos autores analizan la relación de los dos tipos de fraude mencionados con una serie de factores demográficos, educativos, sociales y políticos, mediante la estimación de modelos multivariantes de tipo probit ordenado. Estiman la moral fiscal del contribuyente, al determinar la permisividad que el ciudadano tiene sobre el fraude.

Molero y Pujol (2005) tratan de identificar los determinantes de la moral fiscal a través de una encuesta realizada a 781 estudiantes universitarios de ADE y de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Navarra. En esta encuesta se plantean cuestiones sobre diversos asuntos: sociales, políticos, económicos, siendo las variables dependientes, las relativas a si consideraban justificada la evasión de impuestos. Además, plantean si se piensa que los impuestos son demasiado elevados, y miden la percepción que se tiene sobre si los demás defraudan impuestos. También plantean cuestiones para examinar el sentido de la obligación y la solidaridad de los encuestados, así como para determinar una medida de aversión al riesgo. Este cuestionario es uno de los más completos en la identificación de los factores determinantes de la moral fiscal en España. No obstante, está limitado a la muestra utilizada en la encuesta formada únicamente por estudiantes universitarios.

Los resultados de este estudio están en la línea de los resultados de trabajos precedentes y son altamente significativos a la hora de medir la conciencia fiscal en función de la percepción que se tiene del fraude, de forma que la moral fiscal aumenta en la medida que se piense que son pocos los que defraudan, de ahí la importancia de las medidas represivas para luchar contra la economía sumergida y los altos niveles de fraude de los contribuyentes. También la percepción que se tenga de la calidad de los servicios que presta el Sector Público es determinante en una mayor moral fiscal. Es llamativo que la solidaridad y el sentido del deber, tienen una incidencia menor sobre la moral fiscal que la percepción de la calidad del Sector Público y la satisfacción del contribuyente.

Alm y Torgler (2005) al ampliar la investigación a otros países europeos, encuentran que la mayor moral fiscal se da en EEUU, seguido de Austria y Suiza, situándose España en sexto lugar después de Dinamarca y Suecia.

Finalmente, señalamos los dos estudios que sobre cuestiones fiscales se realizan actualmente en España: el Barómetro Fiscal del Instituto de Estudios Fiscales y la encuesta sobre Opinión Pública y Política Fiscal del Centro de Investigaciones Sociológicas.

Por su parte, desde 1979, el CIS viene midiendo cada mes el estado de la opinión pública española en relación con la situación política y económica del país y sus perspectivas de evolución. Asimismo, en cada Barómetro se abordan temas referidos a aquellas cuestiones que destacan en la actualidad social, económica y política del momento. El Barómetro sobre Opinión Pública y Política Fiscal que se realiza anualmente incluye cuestiones relativas a los impuestos y el gasto público, la presión y el fraude fiscal así como cuestiones relativas a la declaración de la renta. Los resultados avalan los planteamientos reseñados anteriormente (Delgado y San Vicente, 1998)

La ética y la moral como componentes de la conciencia fiscal.

Sin embargo, creemos que para analizar adecuadamente la idea de conciencia fiscal, tenemos que tener en cuenta otras consideraciones. Decíamos que la conciencia es la imagen, la idea que un sujeto tiene sobre un objeto. En la conciencia fiscal, el objeto puede ser real, con valores objetivables, o existir sólo en su imaginación, y la fiscalidad puede ser tanto una realidad – tatsache - como un objeto, un valor, imaginario – wertung -. Otros elementos importantes en la configuración de la conciencia son el conocimiento del objeto por la experiencia, por la formación o la información. Quien se equivoca en el conocimiento de la realidad o en los valores, en la imagen que tiene de la realidad, por una mala experiencia o una insuficiente información, tiene una falsa o equivocada conciencia fiscal.

En el ámbito tributario y en la configuración de la conciencia fiscal, el papel principal lo juegan los valores –wirtungen- ya que estos conforman los principios jurídicos que son la base o el fundamento del derecho tributario y del derecho financiero.Cada principio jurídico se corresponde con un valor. Cuando uno se equivoca en el contenido de un principio, es decir de un valor, entonces tiene una falsa o incorrecta conciencia jurídica.

La política fiscal está sujeta a la Constitución, por lo que los tributos sólo pueden exigirse por ley y tienen que responder a una categoría de valores jurídicos, como la justicia, la igualdad tributaria, etc. Cuando la ley no contiene estos valores, la conciencia fiscal no será la conveniente o será falsa, y se reflejaría efectos en su aplicación por la Administración, por los tribunales y finalmente por los contribuyentes.

Los contribuyentes pueden equivocarse sobre lo que es correcto jurídicamente: lo correcto jurídico es lo que disponen las leyes. Ahora bien, existen contribuyentes que son ignorantes desde el punto de vista jurídico, y contribuyentes que sí conocen las leyes, como los jueces, abogados ó funcionarios de la administración tributaria -. Un lego tributario no conoce la ley tributaria, y tendrá siempre una incorrecta conciencia fiscal, puesto que desconoce el contenido de la ley y puede tenerla equivocada. Es más, incluso cuando el lego lea una ley no la comprenderá, o la comprenderá mal, porque una ley no son sólo artículos, sino que el conjunto de la ley tiene un espíritu difícil de comprender para aquel que adolece de conocimientos jurídicos.

Para lograr una adecuada distribución de la renta y conseguir que los ciudadanos contribuyan con el fisco para sufragar el gasto público, estos deben creer en la justicia del sistema y percibir que está regido por los principios de igualdad, generalidad, progresividad y no confiscatoriedad. De esta manera, cuando los contribuyentes se muestran persuadidos de la bondad del sistema y colaboran con el fisco, decimos que tienen conciencia fiscal.

Por otro lado, los términos ética fiscal, moral fiscal y conciencia fiscal, aluden al mismo objeto. Los tres han sido empleados para designar el conjunto de actitudes y conductas del contribuyente en sus obligaciones con la Administración Tributaria. No obstante, existen ciertos matices diferenciadores que conviene reseñar.

La conciencia fiscal se apoya en la conciencia moral. Algunos autores comparten la identificación entre ética y moral que se desprende de las definiciones de la Real Academia de la lengua Española, según la cual la moral, como señalamos al principio, trata de las acciones humanas en orden a su bondad, la ética trata la moral y las obligaciones humanas, mientras que la conciencia sería un concepto más amplio que incluye el conocimiento reflexivo, con la incorporación de los aspectos emocionales. Aplicados estos conceptos al ámbito fiscal, la moral fiscal trata las acciones del contribuyente en relación con la Administración Tributaria, mientras que las obligaciones humanas de las que trata la ética son las relativas al cumplimiento con la Hacienda Pública. Por su parte el conocimiento reflexivo, al que se alude en una de las acepciones del término conciencia fiscal, implicaría un conocimiento en el ámbito fiscal, en su vertiente tanto del gasto como del ingreso público, siempre desde una perspectiva de correcto cumplimiento con la Administración Tributaria y la contribución al bien común.

De esta manera se podría definir la ética tributaria como "la teoría que estudia la moralidad de las actuaciones en materia tributaria desarrolladas por los poderes públicos, legislativo, ejecutivo y judicial, y por el ciudadano contribuyente" (Tipke 2002). Por otra parte, Higuera Udías (1982) utiliza indistintamente los términos ética o moral fiscal y Rodríguez Duplá (2001) identifica ética con filosofía moral.

Uno de los principales trabajos publicados en nuestro país, se centra en el término ética fiscal, que es abordada desde distintas perspectivas: ética de la Administración, etica del legislador, ética del contribuyente, ética de los jueces, incluso ética del asesor fiscal (Alvarez y Herrera, 2004). En relación a la ética del contribuyente, podemos describir varias categorías de contribuyentes: En primer lugar mencionaríamos al “ homo economicus”. Se trata de una actitud que encuentra cierto eco en la teoría moral que considera las leyes tributarias como meramente penales. Este sería un sujeto capaz de evaluar la probabilidad de ser descubierto por la inspección y las consecuencias beneficiosas de defraudar sus impuestos. Por otra parte el "chalanero", autojustifica su defraudación en la hipótesis de que el Estado recauda más de lo debido para compensar lo defraudado por los demás contribuyentes. El "elusor legalista", desea pagar lo menos posible y utiliza todos los resquicios que le permite la ley. (Tipke, 2002).

Otros autores vinculan el concepto de moral fiscal al de ética del contribuyente, Song y Yarbrough (1978) la definen como “las normas de conducta del ciudadano como contribuyente en su relación con el gobierno”. Es este término, el de moral fiscal (tax morale) el más utilizado en la literatura extranjera en el estudio del comportamiento del contribuyente con la Administración Tributaria.

Para explicar la consistencia moral, además de las cognitivas, existen variables personales y situacionales influyentes que explican la diferencia entre lo que se dice o se hace. Existe una clara diferencia entre el razonamiento moral y la acción moral, aunque existe una adecuación entre ambos: se supone que quienes tienen una mayor capacidad de razonamiento moral, actuarán de manera moral o justa. La consistencia entre juicio y conducta moral depende de varios factores, fundamentalmente del ambiente social y cultural que rodea a los individuos. Antes hemos señalado trabajos demostrativos de que la fiscalidad es un acto social y que la cooperación es mayor cuanto mayor es el grado de cooperación que se espera de los demás.

Porque tener conciencia de algo no significa tener conocimiento de su existencia, sino incorporarlo y ejercitar voluntariamente las acciones que lleven al fín previsto. Así la elevación del grado de conciencia fiscal incrementa el valor del bien jurídico representado por el impuesto, y el deseo de protegerlo adecuadamente impulsará a los legisladores a sancionar los incumplimientos a los deberes fiscales con mayor dureza, pues el reproche de la comunidad al infractor es proporcional al valor asignado al bien tutelado por el derecho. Vemos pues los dos planos en que se mueve la conciencia fiscal: uno individual relativo a las percepciones y cogniciones de los sujetos sobre su contribución al propio bienestar, y otro contextual, ambiental, referido a su contribución al bien común.

Economía, Ecología y Psicología: Las propiedades físicas, culturales y sociales del ambiente.

La idea de conciencia asociada a cuestiones relativas al medio ambiente, le dota de un sentido diferente al que presenta cuando esta relación, se refiere a lo biológico o lo psicológico. Efectivamente, la denominación de conciencia ecológica como base del conocimiento- ligada a la capacidad lingüística o simbólica- de uno mismo y de su entorno, es muy diferente de lo que significa la previsión de cómo deberían ser las formas de relación que los grupos humanos deben establecer con el medio y con los demás seres humanos.

Diversos campos del saber confluyen en el interés por la conciencia ecológica. Por una parte la Ecología como tal, que estudia los seres vivos, su medio y las relaciones que se establecen entre ellos. El estudio del comportamiento animal en su estado natural, tradicionalmente se ha considerado bajo la denominación de Etología. A su vez se entiende por Ecología del Comportamiento el estudio de las implicaciones ecológicas y evolutivas de las estrategias de comportamiento de los animales, en situaciones relevantes desde el punto de vista de la evolución. Una manera más simple de comprenderlo es que no solo estudia el comportamiento de los seres vivos, sino que también se interesa por las razones tanto ecológicas como evolutivas de este comportamiento (Dawkins, 1976).

Respecto a la Economía, en el mundo antigüo, se ligó la economía a argumentos morales desde  una concepción del mundo básicamente organicista, con un código moral que formaba parte de un universo mágico-religioso. Despues se pasó   a una economía ortodoxa, que al separar  economía y moral, logró la  suplantación de los valores de solidaridad, ayuda mutua, etc. por el simple individualismo,consiguiendo que  prevalecieran las ópticas morales de corte protestante y luterano, donde se aceptaba el predomino social de los intereses privados, que  se convierten “en virtud colectiva” (J.S.Mill) Así, el utilitarismo justifica la satisfacción en el consumo de bienes y servicios, identificando felicidad con producción, tal como defiende Bentham en sus Principios Morales (1780).

Así el centro de interés se desvincula de lo físico y entra en la esfera de lo social. La obra de  Smith (la actividad económica es la única donde sólo hace falta el egoísmo) y  Malthus (la virtud es la riqueza) lo reflejan. El concepto de riqueza se limita a las cosas útiles que tienen valor de cambio. Los neoclásicos como Jevons, Walras y Merger, se propusieron superar cualquier planteamiento moral, con el argumento de que la economía es una ciencia con grado de precisión similar a la mecánica o la astronomía y por lo tanto, está por encima de la ética, dotando a la economía de un fuerte aparato matemático.

Pero a pesar del tiempo transcurrido se sigue confundiendo el valor con el precio, una cosa tiene valor en función de los usos que de ella se esperan y una cosa cuesta en función de su rareza. Los problemas ambientales tienen mucho que ver con estas ideas. La economía ortodoxa ha seguido manteniendo la posición de independencia respecto de cualquier posición ética o juicio normativo y las críticas sobre la moral siempre han sido dejadas de lado.

La tendencia actual es que los valores tecnológicos y financieros ocupan parcelas cada vez mayores en el pensamiento y en la vida cotidiana de una sociedad cada vez más globalizada, y esto representa un problema porque lo hacen en detrimento de los valores éticos, tal como la actual crisis financiera demuestra.

Desde la Ecología, se parte de planteamientos diferentes, la perspectiva económica y la humana. La vertiente económica de la Ecología estudia las relaciones entre el sistema natural y los subsistemas social y económico, incluyendo los conflictos entre el crecimiento económico y los límites físicos y biológicos de los ecosistemas, debido a que la carga ambiental de la economía aumenta con el consumo y el crecimiento demográfico. A su vez, los grandes pioneros de la Economía Ecológica, Podolinsky y Geddes, habían comenzado a relacionar sistemas económicos y flujos de energía, y a explicar la Historia de la Humanidad en términos de cambios en el uso de esa energía, y criticaron las funciones de producción como útiles para el desarrollo humano, relacionando la ley de la entropía con el proceso económico (Walmsley, D. J. y Lewis, G. J. 1993)

La Economía Ecológica puede definirse entonces como la ciencia y gestión de la sostenibilidad, o como el estudio y valoración de la insostenibilidad,[ ] deja de ade y deja de ser una rama de la teoría económica para convertirse en un campo de estudio multidisciplinar, en el que caben la Economía Política y la Geografía Económica. Su objeto de estudio es la sostenibilidad de las interacciones entre los sistemas económicos y los ecológicos. Dicha sostenibilidad, entendida como la capacidad de la humanidad para vivir dentro de los límites ambientales[ ]es enfocada como metabolismo social, la sociedad toma recursos y energía de la naturaleza y le expulsa residuos, y no puede alcanzarse con el sistema de precios y mercados de la economía convencional. []El interés en la naturaleza, la justicia y el tiempo son características definitorias de la Ecología Económica.

Los economistas ecológicos adoptan posturas muy críticas con respecto al crecimiento económico, opinan que mientras que la degradación natural es automática, y está ligada al hecho de la vida, la degradación generada por el hombre, lo está con la actividad económica y por lo tanto produce deshechos con una alta entropía.

La vertiente humana de la ecología, se refiere a los valores culturales y de habitat de los grupos humanos. Las sociedades humanas difieren, fundamentalmente, de las sociedades animales, porque los mecanismos de control, reproducción, división del trabajo, reconocimiento de los miembros, manipulación de símbolos etc., no estan fijados genéticamente sino que necesariamente deben ser aprendidos, siendo esto precisamente lo que permite su modificabilidad.

El término ecología humana había sido poco utilizado por la Sociología y la Psicología Social hasta la década de los 60. Sin embargo puede atribuirse a R. E. Park juntamente con W. Burguess haber utilizado por primera vez este término para un nuevo enfoque sociológico sobre el estudio de los comportamientos humanos. Algunos conceptos de la ecología animal o vegetal, como adaptación, simbiosis, competición, etc., comienzan a aparecer en el vocabulario de la Universidad de Chicago. La ecología social es crítica con los acercamientos políticos de los ambientes, propugnando planteamientos éticos a la hora del tratamiento de residuos, habitabilidad de las ciudades y mantenimiento sostenible de los territorios. Se piensa que no es la superpoblación, sino la forma en que las personas se relacionan con otras lo que produce crisis económicas, sociales y ecológicas. Y señala como causa de la sobreproducción, el consumismo y la manipulación de productos,  la falta de una aproximación ética (Roca, 2001). La ecología social tiene una importante influencia en los modernos anarquistas y marxistas influidos por el pensamiento de Murray Bookchin.

A su vez aparecen nuevos acercamientos desde diversos colectivos ecologistas. El ecofeminismo plantea que los principios que rigen los actos de los hombres desde los primitivos cazadores, son violentos, destructivos, explotadores del medio, etc –conforman sociedades patriarcales construyen sus poblados en alto para controlar los alrededores, no cultivan etc- mientras que los principios de actuación de las mujeres se basan más en el mantenimiento y conservacion del medio para hacer uso de el; así construyen poblados matriarcales construídos sobre valles, tranquilos etc. Este ecofeminismo propugna la vuelta a esos valores femeninos que configuran una sociedad menos violenta, capaz de preocuparse por la disminución de los problemas ambientales, e implementar política transversales de sostenimiento del medio.

Los biorregionalistas por su parte,  postulan una relación normativa entre ambiente y cultura, interpretando como acomodamiento cualquier estilo de vida dado en conformidad con el clima y la topografía. El Bioregionalismo es un tipo de determinismo ambiental, que sostiene la opinión de que la cultura debe basarse en la ecología, y así, convierten la cultura en una función de la ecología. Todas las culturas sanas de una biorregion particular compartirán similitudes notables en el lenguaje, estética, valores, subsistencia patrones etcétera, adaptándose a plantas específicas, animales, minerales, clima, estaciones, líneas divisorias de aguas y elevaciones de esa biorregión, estableciendo una gramática particular, relacionando lenguaje y psicología, paisaje y mente, con sentencias que se manifiestan en la conciencia territorial, que se va configurando junto a la conciencia individual en este desarrollo. Estas huellas permanecen en su literatura histórica, sus dichos y sus modelos (Coly, 2000).

La discusión fundamental de los deterministas ambientales se centra en que los aspectos geográficos, particularmente el clima, influenció los factores psicológicos, lo que a su vez definió el comportamiento y la cultura de la sociedad que esos individuos conformaron: Gracias a que estas influencias ambientales operan lentamente en la biología humana, pudieron rastrearse las migraciones de grupos y ver en qué condiciones ambientales se habían desarrollado. El determinismo ambiental adquirió tintes racistas en los inicios del siglo XX, sin embargo, el fallo del determinismo ambiental no está tanto en sus discusiones sobre las formas en que los ambientes civilizan, sino más bien, en los juicios de valor acerca de esas culturas: los planteamientos de Jansen y otros psicólogos sociales son un claro ejemplo de ello.

En Psicología, los primeros trabajos que se ocupan del estudio de las relaciones ser humano-medio ambiente tienen lugar en 1947, cuando los psicólogos Roger G. Barker y Herbert F. Wright fundan el instituto de investigación Midwest Psychological Field Station, en Oskaloosa, Kansas, dependiente de la Universidad de Kansas, con la finalidad de descubrir y describir las condiciones de vida cotidianas y la conducta atendiendo también a sus relaciones con el entorno in situ (Barker, 1987). Se trataba de conocer cómo las personas se veían afectadas por las condiciones ambientales reales.

El origen de este enfoque se encuentra en la imposibilidad de estudiar la interrelación ser humano-medio ambiente desde ópticas exclusivamente sectoriales, que no tratan, ni pueden lograr, una explicación adecuada de la multiplicidad de fac­tores empleados para dar cuenta de la variabilidad ambiental. Entre otros enfoques par­ciales se encuentran los modelos conductistas y los modelos cognitivo-perceptivos. La dificultad de los modelos conductistas radica en la falta de conexión de los estímulos y lo artificial del proceso, mientras que los modelos cog­nitivo-perceptivos no tienen en cuenta los agentes externos y circunstancias ambien­tales

En su visión del estudio de la conducta, se incluye el conocimiento de las características de la situa­ción en la que ésta tendrá lugar. Esta información debe ser recabada en el marco don­de se desarrolla la conducta diariamente y no en situaciones ficticias o de laboratorio, por eso, la unidad básica de análisis de la Psicología Ecológica es el marco, situación o escenario de conducta K-21 (K-21 behavior settings).

Desde el punto de vista psicológico, un escenario de conducta es un lugar en el espacio y en el tiempo dotado de una estructura que interrelaciona propiedades físicas, sociales y culturales, y que elicita for­mas comunes y regulares de conducta (Ittelson, Proshansky, Rivlin y Winkel, 1974) serían las unidades bási­cas del tejido de las sociedades, con identidad propia e indivisible. En su acción se construye, en gran medida, la dotación psicológica de los individuos. Están formados por la reunión de entidades ambientales, entidades sociales y objetos, relacionados den­tro de un sistema. Se convierten en unidades discretas, parecidas a un “genoma” eco-conductual, donde los patrones permanentes de actividad humana y no humana se re­lacionan de modo dinámico.

El espacio personal puede ser definido como el área que mantienen los individuos alrededor de sí mismos en la cual los otros no pueden inmiscuirse sin despertar moles­tias. Sommer (1974) lo define como “el área dotada de unas fronteras invisibles, que circunda el cuerpo de la persona y en la que los intrusos no deben penetrar” Walmsley y Lewis (1993) dotan al espacio personal de significado tratándolo como sistema de comunicación. El concepto proxémica fue acuñado por Hall para denominar un modelo de antro­pología del espacio. Este modelo reúne un conjunto de observaciones y presupuestos teóricos sobre el uso, culturalmente especializado, que el ser humano hace del espa­cio y cómo responden las personas haciendo uso de la distancia entre ellas y los demás.

El entorno, físico y social, es parte del contexto situacional donde tiene lugar la conducta humana. Las relaciones humanas se ven afectadas por el espacio físico don­de se desarrollan las interacciones. El ambiente físico obviamente afecta al comportamiento, pero no de una forma mecánica como podría plantearse desde una perspectiva ingenua. Existen numerosos componentes psicológicos y sociales que hacen que el entorno sea experimentado de diferente manera por los individuos y los grupos (Valera,S, Pol, E y Vidal,T. 2006).

La percepción ambiental incluye componentes cognitivos (pensamientos), afectivos (emociones), interpretativos (significados) y evaluativos (actitudes, apreciaciones), operando conjuntamente y a la vez con diversas modalidades sensoriales (Ittelson, 1978). La cognición ambiental se refiere a aquellos procesos que implican información ambiental "no presente" en un momento concreto, que nos permite relacionarnos entre nosotros: llegamos al mundo con las conexiones necesarias para la empatía y la colaboración, y la evolución nos preparó para cuidar, no sólo para competir. Entendamos la evolución como la supervivencia de los mejores cuidadores y de los mejor cuidados (George Lakoff, 2009). El ecopsicologismo aporta en este caso, una sugerencia defendible: el resultado de nuestro desarraigo -producido por la desconexión con la tierra- nos impide relaciones con nuestro entorno que nos sostiene y enriquece.

 

La ética y la moral ecológicas.

Entre el plano individual - relativo a la conciencia personal- y el plano ambiental- relativo al ambiente físico- se encuentra la conciencia ecológica, que se configura en la relación entre lo individual y personal con lo físico y ambiental. Es en este contexto donde se estudia la conciencia ecológica, interrelacionando tres tipos de ambientes: naturales, construídos y sociales, que a su vez interactuan con la conducta humana: procesos individuales (percepción, cognición y emoción), procesos sociales relacionados con las relaciones interpersonales (espacio personal,territorialidad, hacinamiento, etc.) y procesos societarios como la vida urbana, temas residenciales, la gestión de recursos, etc, a su vez  relacionados con la cultura, que a fin de cuentas es la superestructura que nos liga al mundo: Una cosmovisión que define nociones comunes que se aplican a todos los campos de la vida, desde la política, la economía o la ciencia hasta la religión, la filosofía ó la moral.

Como señalamos, una de las características de la conciencia es la de referirse a uno mismo y a su entorno y cómo el entorno nos puede perjudicar o favorecer y puede ser bueno o malo para nuestra supervivencia. Todo lo que existe es susceptible de ser valorizado, lo que significa que todo puede ser mercantilizado. Esta puesta en valor, puede ser un peligro en cuanto los valores naturales puedan pasar a ser considerados valores de uso. La moral ecológica intenta introducir algún equilibrio entre el valor biológico – de supervivencia- y el económico, que vendría representado por quienes defienden la existencia de las tasas ecológicas  (Bello, 2005).

Pero la moral se asienta sobre algunos pricipios referentes a los humanos: la humanidad tiene valor intrínseco, debe ser respetada, concierne a cada uno de sus miembros, y deja fuera a la naturaleza, porque es a-moral. Esta visión es defendida por la escolástica del siglo XVI y en la actualidad por la escuela de Paul. W. Taylor: el orden natural, por el hecho de serlo, es bueno. Así que la no intervención puede ser incluso más dañina para otros si no respeta la vida humana. Para esta corriente ética, toda la naturaleza está en función del hombre que es el único ser racional. Ni los animales ni plantas piensan y son libres, de ahí que no pueden ser sujetos de moralidad.

En el lado extremo, otra visión extiende estos valores a todo lo existente y como todo está relacionado con todo, cualquier intromisión tendrá efectos impredecibles. El ecologismo propugna una regeneración moral de los valores para que la equidad social resulte compatible con la dinámica biosferíca: la de los valores de solidaridad, ayuda mutua, etc. por el individualismo depredador. Desde el punto de vista de la responsabilidad ética proporcionada, se han formulado estos imperativos, al estilo de Kant, de la siguiente manera:"Actua de tal manera que los efectos de tu actuación sean compatibles con la permanencia de la futura vida humana".

Conclusiones.

Una vez desarrollado el tema de la conciencia en los campos psicológico, económico y ecológico, nos enfrentamos a dos cuestiones fundamentales: ¿qué relación mantienen entre sí las denominadas conciencias psicológica, ecológica y fiscal? Y ¿cómo es la conciencia que subyace a los planteamientos morales y éticos del comportamiento económico y ecológico?

Desde el punto de vista psicológico, la característica fundamental de la conciencia es que se refiere a uno mismo y a su entorno y a su capacidad de evaluar cómo el entorno puede perjudicarnos o no, y puede ser bueno o malo para nuestra supervivencia. Esta evaluación se realiza comparando nuestro sistema personal de creencias – lo que es bueno o malo para cada uno- con el que se deriva de nuestra pertenencia al grupo sociocultural del que formamos parte. Es decir, que estará mediada por factores cognitivos y sociales que influyen en nuestra percepción de nosotros y de quienes nos rodean. Así, toda sensación o representación consciente que el ser humano se hace del medio físico y social en los que desarrolla su vida, conlleva necesariamente una valoración o evaluación automática de la importancia que tiene para las personas, por eso la conciencia ecológica valora los procesos de adaptación y acomodación al medio, y puede hacerlo en función de factores individuales ó colectivos. Esta manera de evaluar nuestro comportamiento se desarrolla de manera jerárquica y con una sucesión invariante de estadios. Aparece en todas las culturas y no dependen del modelo específico de cada una. (Cortés, 2002).

El entorno, físico y social, envuelve el espacio personal y es parte del contexto situacional donde tiene lugar nuestra conducta. Este entorno sociofísico, donde lo ambiental y lo psicosocial coexisten sin solución de continuidad, se definen mutuamente el uno al otro. Existen numerosos componentes psicológicos y sociales que hacen que el entorno sea experimentado de diferente manera por los individuos y los grupos. De esta manera, y como se ha encargado de señalar la Psicología Ecológica, la progresiva acomodación entre el ser humano activo y las propiedades cambiantes del entorno inmediato, afectado por las relaciones de estos entornos y los contextos en que están inmersos, se convierte en el objeto de estudio de la Psicología, la Ecología y la Economía.

En la conciencia se dan tres aspectos diferenciados: la evolución adaptativa, la relación simbiótica con el medio sociocultural, y la adscripción de condicionamientos éticos y morales. El que sea un producto de la evolución, condiciona en primer lugar, su estructura y sus contenidos – funciones- de la conciencia; y en segundo lugar, la relaciona con su base cerebral, y la convierte en conciencia encarnada ( Damasio, 2003). Su relación con el medio sociocultural le permite aprender a reaccionar de determinada manera – civilizada- a dicho entorno, y finalmente, el adscribir componentes éticos a ese comportamiento aprendido, le lleva a diferenciar entre lo que es bueno ó malo para el organismo y/o la especie.

La importancia de la socialización – socialización que se produce gracias al cerebro- se evidencia cuando las barreras individuales que nos separan de los otros caen gracias a la cooperación. Actividades sociales que exigen oxitocina, disuelven las conexiones sinápticas de manera selectiva, fortaleciendo los vínculos sociales. Esta conciencia psicológica, individual, se adapta a su entorno. El gran secreto de la adaptabilidad humana es la cultura y la civilización, que ya son en sí productos sociales. Se sitúa entre la biología del homo sapiens y el ambiente con el que nos relacionamos. La cultura es aprendida, y por eso, puede adaptarse mucho más rápidamente que la biología. Los humanos hemos evolucionado como criaturas culturales: incluso aquellas reacciones que nos parecen tan naturales, como la repulsión, se forjan de manera cultural.

La denominación de conciencia ecológica como base del conocimiento- ligada a la capacidad lingüística o simbólica- de uno mismo y de su entorno, es muy diferente de lo que significa la previsión de cómo deberían ser las formas de relación que los grupos humanos deben establecer con el medio y con los demás seres humanos que es relativo al desarrollo moral (Kolberg, 1975) En general, el desarrollo moral tiene sus bases en la estimulación del razonamiento sobre cuestiones y decisiones respecto a situaciones interpersonales, ante las que reaccionamos sobre el cómo y el porqué de nuestras decisiones.

Decíamos al hablar de la conciencia fiscal que en ella estaban implicadas tanto la etica como la moral: la moral trata de las acciones humanas en orden a su bondad, la ética trata la moral y las obligaciones humanas, mientras que la conciencia sería un concepto más amplio que incluye el conocimiento reflexivo. Así pues, la ecopsicología y la psicología económica, se enfrentan al tema de la conciencia desde planteamientos éticos y morales. Pero no son precisamente los factores solidarios y cooperativos los esenciales a la hora de preservar el medio ó contribuir al bien común A nivel de representación, y desde presupuestos ecológicos, se dan nuevos planteamientos éticos, que suponen un enfoque sociológico que tenga en cuenta los componentes culturales en cada contexto ecológico y no sólo técnico: los problemas ambientales no lo son porque hayan fallado los mecanismos ecológicos, sino porque las relaciones de la especie humana con el entorno han entrado en una fase crítica sin precedentes, causada por conflictos de carácter socioambiental.

Para la Ecología Económica, la conducta de producción –de deshechos- no es el valor económico y la medida fundamental, sino la actividad intencional y el placer de vivir. Partiendo de esa idea se puede defender que los aspectos inmateriales son determinantes en la producción de valor e influyen activamente en la economía real, lo que cambia radicalmente los planteamientos tradicionales sobre la conciencia moral ecológica, y no sólo esto: piénsese en las globalizadas convocatorias de protesta convocadas por los movimientos ecologistas, y en su oposición a la existencia de las tasas ecológicas. No hay que pagar por el crecimiento excesivo, hay que someter al crecimiento a la sostenibilidad del territorio.

Pero los factores cognitivos y culturales tambien están reflejados en la conciencia contributiva. La conciencia fiscal evalúa la manera en que el estado gestiona los bienes comunes, y está influenciada por la conducta de otros contribuyentes. Pero aunque la fiscalidad sea un acto social, y la cooperación condicionada un elemento fundamental en la conducta del contribuyente para justificar el fraude, su contribución estará más relacionada con la asunción de presupuestos éticos –la regla kantiana de moralidad, la introyección de los valores y las normas culturales de nuestra civilización- que funcionarán independientemente de que sus respuestas puedan ser recompensadas ó castigadas de manera objetiva.

Por eso el control de la actividad humana por medio de los convencimientos morales se ha demostrado como el único sistema realmente eficaz y duradero para mantener conductas de mantenimiento del medio ambiente, porque el interés final no está en el crecimiento y desarrollo de un territorio, sino en que el bien común es la conservación. Y porque esos convencimientos morales, tambien funcionan como motores internos del comportamiento económico, cuando nuestra contribución al bienestar común depende de la incorporación voluntaria de las acciones que lleven al fín previsto, que viene determinado por el valor de la justicia, ya que como está demostrado (  Torgler, 2002)  ) una alta moral fiscal ayuda a explicar un alto grado de cumplimiento fiscal.

Los moralistas hablarían sobre el hecho de que la norma de conciencia interior está bien formada y es capaz de captar el valor objetivo. Los neurocientíficos de la existencia de neuronas especializadas para las  acciones cooperativas. Los psicólogos hablariamos de autonomía fucional de los motivos, que explicarían científicamente las actuaciones de las personas en ausencia de medidas objetivas de coerción.

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Autoras:

Elena Quiñones-Vidal. Facultad de Psicología.
Gloria Alarcón-García. Facultad de Economía y Empresa..
María Peñaranda-Ortega. Facultad de Psicología.

Institución: Universidad de Murcia.

Universidad de Murcia

En la Facultad de Economía y Empresa se cursan los estudios de Licenciatura en Administración y Dirección de Empresas (ADE), Economía, Investigación y Técnicas de Mercados (segundo ciclo), Sociología (segundo ciclo) y Diplomatura en Ciencias Empresariales, además de los tres últimos cursos del Programa de Estudios Simultáneos ADE+Derecho. Todos estos títulos se encuentran en fase de extinción ya que van a verse sustituidos progresivamente por los actuales títulos de Grado.